Desde el vacio de las ciencias de la comunicacion

Feb 15 2005

Miguel Wiñazki publica hoy en el diario Clarín una nota titulada “Las vacías ciencias de la comunicación”. Allí, dice que “son innumerables los eventos teóricos vinculados a la acción comunicativa propiamente dicha en los que los profesionales de la información brillan por su asombrosa ausencia”. Supongo que por “comunicativa” quiere decir “informativa”. La idea de Wiñazki es que los congresos en donde se analiza a los medios no tienen mayor relevancia, en tanto los periodistas no están presentes en ellos. Para ello, hace una comparación con la profesión médica. ¿Tendría relevancia para ese campo un congreso al que sólo asistieran pacientes?

Pero la comparación es poco válida. Los médicos incluyen, dentro de sus prácticas necesarias para legitimarse en su profesión, la asistencia y presentación de trabajos en congresos. De otra manera, no tendrían un buen currículum, y no podrían presentarse, por ejemplo, para concursar cargos públicos. En cambio, un periodista no necesita hacerlo. Puede pasarse la vida sin pisar uno de ellos. Su capital simbólico se construye, mayoritariamente, a partir de sus publicaciones en los medios. Más sobre los médicos: los congresos son un lugar de actualización de conocimientos y de contacto con nuevas tecnologías aplicadas a la profesión. ¿Acaso los periodistas necesitan ir a congresos para estar al día con las formas de informar, o de escribir una noticia?

En el ámbito de los medios no hay mayores estímulos para la reflexión académica sobre la profesión. Por esas cosas de la vida, tengo dos trabajos, uno de cada lado: por un lado, soy docente universitario en Ciencias de la Comunicación desde 1997 y licenciado de esa carrera; por otro, periodista especializado en tecnología desde 2000. He publicado muchos trabajos periodísticos y académicos, y en realidad estos ámbitos exigen diferentes saberes y conocimientos, y desde ya tienen diferentes estrategias a la hora de construir un buen prestigio como profesional.

Si los periodistas no están presentes en los congresos para hablar sobre sus propias prácticas es porque, en buena parte, no tienen incentivos para hacerlo. Y por otra, porque carecen de la inserción académica necesaria, e incluso los conocimientos prácticos suficientes para desarrollar un paper. A eso hay que sumarle otro tema: mis colegas del campo periodístico suelen estar superados por el trabajo, corriendo de un trabajo a otro o buscando colaboraciones, con el loable fin de llegar a fin de mes. ¿En qué momento van a ponerse a armar papers? Un médico necesita de esa inserción académica si quiere obtener cargos públicos relevantes o ser públicamente reconocido en su profesión; un periodista puede no ingresar en la academia y seguir siendo reconocido públicamente en su trabajo.

Pero hay un motivo más teóricamente interesante. Como diría Bruno Latour, como investigadores académicos nunca debemos adoptar el lenguaje de la tribu para hablar sobre ella. No tiene sentido usar su misma forma de legitimar lo real; al tomar distancia de esa forma de comprender el mundo, podemos describir esas prácticas de una manera que seguramente no será del agrado del grupo analizado. Un excelente ejemplo es la teoría del newsmaking, que está resumida de manera brillante en el áun indispensable libro de Mauro Wolf, La investigación de la comunicación de masas, que en 1991 editó Paidós en Español. Allí se plantea estudiar a los periodistas a partir, justamente, de sus rutinas productivas. Esto no se reduce sólo a la escritura y a titular, sino que se expande al uso de las fuentes, a la legitimación de las noticias, a la necesidad de entregar un producto terminado todos los días, en un horario establecido y con la misma cantidad de contenidos novedosos. La teoría del newsmaking se ha revelado muy incómoda para quienes somos periodistas; lejos de acusarnos de “manipular” las noticias, argumenta que el periodismo tiene estrategias de construcción de lo real que se encuentran implícitas en el mismo aparato de generación de noticias. Por ejemplo, el estar orientado a los hechos y no a las tendencias. La desocupación seguramente es uno de los temas que más preocupa a la gente, y los periodistas lo saben. ¿Sale todos los días el tema de la desocupación en la tapa de los diarios? No. Por un lado, porque hay que variar los contenidos para que llamen la atención. Por otro, porque excepto cuando lo encarnan en un hecho -la difusión del índice de desocupación por parte de las autoridades, o las concentraciones para pedir trabajo en San Cayetano, o una historia de interés humano de un desocupado- los periodistas no tienen manera de construir una noticia a partir de ese tema. O el tema de las fuentes, que tienden por lo general a dotar de mayor relevancia a las versiones oficiales, en tanto éstas se encuentran legitimadas por el sistema político, y son fácilmente hallables.

Para hablar del lado académico, debo conceder a Wiñazki que efectivamente aún pueden escucharse en los congresos refritos varios de las versiones más pobres de la teoría de la manipulación, junto a abordajes muy poco complejos sobre los medios. Aún hoy siguen apareciendo trabajos que tienden a creer que la esfera comunicacional está por completo escindida de la vida cotidiana, cuando es evidente que hay relaciones políticas y sociales entre ellas. Pero a la vez, también hay un creciente número de investigadores que efectivamente saben concentrarse, para citar a Wiñazki, en “las rutinas metódicas que deben respetarse para que los tiempos de producción de la noticia resulten acordes a las rígidas cronologías a las que obliga la necesaria articulación entre la redacción y los talles (sic) de impresión”.

Si los periodistas no van a los congresos, es porque en buena parte no les interesa. Y porque además se nos lleva a pensar que la forma en la cual cubrimos lo real es obvia y natural, sólo cuestionable desde lo ético, pero no en lo político. Al asumirlo como sentido común, se bloquea la capacidad de reflexión sobre lo real. Se lo ve como obvio y dado, y no como una construcción social y política. Del lado académico, no creo que sea necesario ejercer como periodista para poder analizar este mercado. Si, en cambio, creo que es indispensable conocer los mecanismos de esta industria, como se trabaja en una redacción, como se escribe, como se reparte la propiedad de los medios. Pero para ello basta un buen trabajo de campo y de investigación. Me pregunto si Clarín estaría dispuesto a dejar que especialistas de ciencias sociales vayan a hacer etnografía a su redacción, para ver como legitiman las noticias.

Por último: ¿cuándo permitirá Clarín que sus lectores dejen comentarios? Sé que es un poco difícil manejar el spam y los insultos en un sistema abierto -lo sé porque tengo que mantener este blog- pero un medio con los recursos de Clarín seguramente podría hallar la solución, por ejemplo implementando un buen equipo de moderadores y software, como el famoso Slashcode. Obviamente, me hubiera encantado, por ejemplo, tener la posibilidad de hacer un trackback a la nota de Wiñazki, como para poder ampliar la discusión. ¿O será que aún se siente cómodos con el viejo y perimido sistema de permitir las opiniones de los lectores sólo cuando pasan varios filtros? Mejor entonces que vayan pensando en la frase de Dan Gillmor a la hora de entender porqué debemos permitir los comentarios para complementar un texto en los medios o en un blog: “los lectores saben más que yo”.

Y si no lo hacen, de todas maneras los usuarios de la Red harán escuchar su opinión. Y si no, la larga lista de blogs que salió a responder la nota de Julio Orione, del suplemento informática de Clarín, en el cual este afirmaba que el navegador Internet Explorer, famoso por sus problemas de seguridad, era más “confiable” que Mozilla Firefox.

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